Eso y nada más.
El sol siempre equivocado
recorre un paisaje con la empuñadura de piedra,
construido de signos de cobre,
de los segundos que no me das.
Tú no eres atardecer, ni resbaladizo jabón,
ni la segunda letra de blanca pesadumbre,
extranjero de una trinchera deslumbrante.
Otra esfera hace un mapa.
De ningún lugar me toma.
Mientras me crece tu nada abisal,
mi garganta busca infinitas voces veladas,
que se aprietan en mi pecho fugitivo.
Sobre mi cerebro, vagando sin rumbo
lo qué busco en ti.
lo qué busco en ti.
Cuido, rodeando los invernaderos,
los filamentos que te alumbran.
Balizas lanzo, que no lucernas,
como aviones trazando círculos sobre un incendio.
Exactos mis párpados de viento, que se derriten como la cera,
desmantelan las horas,
ya sin nombre los días, sin ti.
